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Como en cada keynote de Apple, la expectación era máxima cuando el 9 de enero de 2007 Steve Jobs salió a la palestra y advirtió al respetable: “Hoy vamos a hacer un poco de historia juntos”. Después de presentar la AppleTV, volvió a hacer gala de su capacidad innata para generar tensión y, tras tomar un poco de agua, dijo: “Este es el día que he estado esperando durante dos años y medio”. Había llegado el momento de presentar al mundo el iPhone, el primer smartphone de la manzana mordida. Al contrario de lo que muchos piensan, no era el primer dispositivo en recibir ese nombre.

“Hoy Apple va a reinventar el teléfono”, aseguraba el fundador de Apple, contando una verdad a medias. Más o menos las mismas características de las que presumía el nuevo dispositivo estaban ya en el iPhone que nueve años antes presentó la compañía InfoGear.

Diez años antes de que Jobs propusiera a los suyos reinventar el teléfono, en el seno de la compañía National Semiconductor, una de las primeras empresas dedicadas a la fabricación de chips en Silicon Valley, ya había quien trabajaba con ese mismo propósito. En 1995, un reducido grupo de ingenieros de esta empresa se puso manos a la obra para diseñar un dispositivo, a medio camino entre un teléfono clásico y un ordenador, que los usuarios podrían utilizar no solo para hacer llamadas, sino también para acceder a internet y consultar su correo electrónico.

Cuando menos del 10% de los hogares estadounidenses estaba conectado y los precios de los ordenadores aún eran prohibitivos, algunos ya estaban prediciendo que este tipo de aparatos se iban a imponer en el futuro. Se empezó a popularizar la idea de los “dispositivos de internet”, idóneos para conectarse sin necesidad de sacar un portátil o cargar con un PC a todas partes.

Para valorar las posibilidades de desarrollar algo así, los responsables de National Semiconductor (que en 2011 fue adquirida por Texas Instruments) encargaron a los ingenieros Jaim Bendelac, Yuval Shahar y Reuven Marko el llamado Project Mercury. En este apartado de innovación, su cometido no sería otro que dar vueltas a cómo reinventar el teléfono.

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Quiso el azar que, por entonces, el inversor Robert R. Ackerman estuviera en negociaciones con esta compañía y que en una de sus visitas conociera de primera mano el Proyecto Mercurio. Nada más ver los primeros prototipos lo vio claro. “¡Eso es el futuro!”, recuerda que exclamó. Tal era el potencial que vio que aquel producto que se propuso sacarlo del laboratorio de National y crear una nueva compañía solo para fabricar ese dispositivo.

“Así nació lo que llegaría a ser InfoGear Technology Corporation, la compañía que tenía como meta conquistar el mundo con lo que se llamó de inmediato el iPhone”, relataba el propio Ackerman. Según su relato, eligieron esa denominación porque el dispositivo había sido concebido como el aparato idóneo para comunicarse y transmitir información. “Así que el iPhone era el internet-phone… el ‘information-phone”, apuntaba este inversor. En aquel momento, muchos emprendedores bautizaban sus empresas o productos con la “i” delante, pues creían que así se identificarían intuitivamente con el nuevo entorno digital.

Decidir el nombre del nuevo dispositivo fue más fácil que hacerse con los servicios de los ingenieros que lo estaban desarrollando. Su antigua compañía era consciente de que se gestaba algo grande, y sus responsables no parecían muy dispuestos a desprenderse de sus talentosos empleados. Sin embargo, se produjo entonces el primer paralelismo entre la historia de InfoGear y lo que ocurriría años más tarde en Apple.

Fue Gilberto Amelio, por entonces directivo de National Semiconductor, quien finalmente hizo posible la salida de Bendelac, Shahar y Marko. Ordenó a los suyos llegar a un acuerdo con Ackerman, lo que propició la llegada del primer iPhone. Años más tarde, también sería él quien desencadenara los acontecimientos que hicieron posible que el 9 de enero de 2007, en el MacWorld de San Francisco, Steve Jobs presentara el smartphone de Apple. Como CEO de la firma de la manzana mordida, Amelio tomó la determinación de comprar Next, posibilitando el regreso de iGod a la que fuera su casa. Con él llegaron nuevas ideas y, claro está, el iPhone.

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Aquel dispositivo que lograron diseñar Bendelac, Shahar y Marko con el apoyo económico de Ackerman era realmente adelantado a su tiempo. Al igual que el smartphone de Apple, el artilugio de InfoGear tenía una aplicación de mapas, permitía consultar la cartelera de cine o la parrilla de televisión y hasta leer algunas revistas.

Además, debido a lo limitado de su capacidad, gran parte de la información de este novedoso teléfono se almacenaba en un servidor. Así se convirtió en uno de los primeros ejemplos de lo que, a la postre, sería el cloud computing.

Aunque parezca ilógico, quizá ser tan innovador jugó en contra de aquel primer iPhone. Otro de los factores que provocaron que quedara desterrado al olvido fue su precio. Cuando vio la luz en el CES de 1998, su valor era de 499 dólares (450 euros), una cifra que no todo el mundo podía permitirse. Lo cierto es que, como sus propios creadores reconocían, la adquisición de las piezas necesarias para su fabricación ya era alta. InfoGear Technology tenía que pagar 100 dólares (89,9 euros) por todos los componentes del dispositivo.

Intentaron que algunas operadoras sufragaran parte del coste total para que al cliente le saliera más barato, pero no lo lograron. La crítica se puso de parte del dispositivo, pero ni los premios ni las buenas reviews pudieron evitar que las ventas fueran más bien escasas. Se estima que, incluyendo la segunda versión, el iPhone 2 que se lanzó en 1999, se vendieron tan solo unas 100.000 unidades.

Un año más tarde, Cisco trató de dar un nuevo impulso a este artilugio. En marzo de 2000, el gigante tecnológico pagó 300 millones de dólares (269 millones de euros) para hacerse con la mayor parte de las acciones de InfoGear. Así fue como la marca iPhone cambió de manos y sus nuevos propietarios la usaron para bautizar una línea de teléfonos VoIP. La estrategia tuvo poco éxito.

Tan mal jugaron sus cartas que apenas si sacaron partido de la marca que tenían en su haber cuando Apple presentó su iPhone en 2007. Pese a que demandaron a los de Cupertino, las artimañas de Steve Jobs acabaron por seducir a los directivos de la compañía. Con la promesa de que ambas firmas llegarían a acuerdos beneficiosos para ambas partes en el futuro, los responsables de Cisco cedieron totalmente el nombre de aquel dispositivo.

No fue el único invento de InfoGear que pasó sin pena ni gloria y acabó, años más tarde, con un hermano gemelo made in Apple. Como desveló Robert R. Ackerman tiempo después, presentando el prototipo como prueba, su firma también se adelantó más de 15 años al lanzamiento del iPad. Cuando aún estaban trabajando en el primer iPhone, diseñaron un dispositivo inalámbrico, sin teclado, con una pantalla que ocupaba la mayor parte del gadget y un lápiz óptico para navegar por ella. “Era una pieza concepto”, dijo Ackerman. En cualquier caso, una vez más, llegaron demasiado pronto.